El Viejo alzó la vista y no podía -ni quería- entender lo que veía. Vaya primer día en Corrientes. Tenía su curtido lomo plagado de mil cicatrices sabatinas y un buen puñado de ascensos en el bolso que le aseguraban trabajo a pesar de las canas. Juan Manuel Guerra era un fanático del fútbol, era técnico textil y un gran aficionado a la pintura. Sin embargo, nunca había imaginado un cuadro así.
Allá a lo lejos, lo que observaba llegar por la calle interna de tierra del ‘Predio de la Ruta 12’, un complejo de tres-cuatro canchitas bien cuidadas a la salida de la capital provincial, era un camión que, en su caja a cielo abierto, dejaba notar solo decenas de cabezas hambrientas. Cuerpos sin torso ni piernas. Solo cabezas y algún que otro brazo. Codeó al cuerpo técnico, mano de obra local, en la búsqueda de algún dato, de alguna explicación certera. Ninguno se animó a blanquearle la verdad.
El reconocido entrenador, recién convocado para iniciar su camino en el inédito torneo del Nacional B 1986/87, tomó la drástica decisión de hablar con el presidente del club apenas notó que quienes bajaban de ese carromato con la inscripción Tipoití a la altura de sus puertas eran obreros vestidos de jugador. Porque ese grupo estaba compuesto básicamente por empleados de la firma algodonera que sabían manejar la pelota en sus tiempos libres. ¡Y cómo! Ya sumaban 28 títulos ligueros…
La sirena de la fábrica sonaba tres veces por día marcando los cambios de turno. Era, sin dudas, la banda de sonido de la comunidad. En tiempos de esplendor, Tipoití tenía más de 1200 laburantes y producía 120.000 kilos de hilados por mes. Era una gran familia en viviendas construidas alrededor de la planta. Así se gestó el barrio Industrial y el Popular. Adentro había escuelas y proveedurías. El dueño de semejante imperio era uno más y sorprendía los sábados bien temprano cortando el pasto.
La Liga ya tenía su plaza asegurada para ese novedoso torneo de AFA que uniría a los mejores del AMBA sin Primera y a sus pares del Interior con el premio de subir a la máxima categoría. Y Guerra se lo tuvo que recordar a Eduardo Seferian, alma pater de un proyecto lejano a la industria. A su industria. Para aprovechar el envión de esa qualy ganada al gran candidato Boca Unidos un par de semanas antes de la mano de Waldino Casco, mano derecha del pope también en la fábrica, el Viejo le rogó transformar a ese lindo conjunto amateur en otro profesional. Muy profesional.
Quién hubiera dicho que así empezaba a asomar, como aquellas cabezas sobre el camión, el mismo Deportivo Mandiyú que -no mucho tiempo después- cambiaría las reglas del fútbol argentino.
Cerca, la AFA siempre estuvo cerca
El club nació como Tipoití un 14 de diciembre de 1952 como la pata deportiva de la flamante fábrica textil. Tres años atrás, Juan Hortencio Quijano, vicepresidente correntino de Juan Domingo Perón, le hizo un guiño impositivo a Agop Seferian para que proyectara la planta que era exitosa en Rumania y se afincara en la Argentina. Eduardo, hijo de Agop, “pintón, elegante y grandote…”, según su gente de confianza, le dio continuidad a la movida.
Había nacido en Manchester, Inglaterra, en medio de una gira involuntaria. Su familia fue obligada a dejar el terruño por la invasión turca y el genocidio armenio. Se resignificó donde pudo. Nuestro país fue la última escala. Corrientes era ideal: provincia algodonera y con salida a Brasil. Era un visionario que buscaba una ciudad con río porque se imaginaba despachando barcos al mundo. Y tan lejos no estuvo…
Tenía una mezcla de idiomas don Eduardo. Le costaba la doble erre. Le costaba decir Corrientes. Pero no le costaba relacionarse: era uno más. Incluso participaba de los torneos de fútbol interno. En el 54, como equipo de operarios, se afiliaron a la Liga pero con nombre nuevo porque los estatutos no permitían contar con denominaciones empresariales. Así, el doctor Bogdán Popescu, médico rumano y gran cómplice de Seferian, optó por denominar a la novel institución como Mandiyú -algodón en guaraní- y en el 55, tras ser campeones de la B, subieron a la Primera local.
Eran otros tiempos, claro. La distancia entre la capital correntina y el Obelisco iba muchísimo más allá que los más de 1000 kilómetros que las separaban. En los ’60, Buenos Aires vivía la era del Fútbol Espectáculo a partir de la llegada masiva de jugadores extranjeros (el caso Atlanta y sus ’17 paraguayos’ en 1932 fue, tal vez, la primera gran piedra arrojada).
El caso extremo ocurrió el 6 de agosto de 1961 cuando un Superclásico (2-2) entre River y Boca contó con diez players nacidos fuera del país -siete brasileños, un uruguayo, un peruano y un español-. Antonio Vespucio Liberti y Alberto J. Armando rompían el mercado. Víctor Benítez, Moacir, Paulo Valentim y Pepillo -un llegado desde Real Madrid- fueron los autores de los cuatro goles importados.
En el Noroeste, en tanto, Mandiyú preparaba sus refuerzos foráneos aunque a pequeña escala. Así llegaron Miguel Angel Zeballos, un 9 de Maldonado, Uruguay; y Enrique Mora, un arquero paraguayo que rengueaba. La mayoría, igualmente, estaban vinculados al club por una relación de hermandad con otra empresa colega, una textil de Pilar, en tierras guaraníes. O sea, más que incorporaciones futbolísticas eran fuerza de trabajo calificada llegada desde países limítrofes…
Recién en 1974, en pleno Mundial de Alemania, llegó el primer approach del Albo con el fútbol grande. Mandiyú, en dramática definición por penales frente al Atlético Paraná entrerriano (4-3), se quedó con la zona Mesopotámica del torneo Regional y s e filtró en el viejo Nacional de AFA, aquel certamen bien federal que incluía a los clubes ya reconocidos de Baires y a los tops del Interior, y que se complementaba en la temporada anual con el Metropolitano. Una particular mezcla y no solo geográfica: se trataba, en muchos casos, del cruce entre elencos ultraprofesionales que compartían competencia con otros bien amateurs.
Así las cosas, sin cancha propia (de Alvear pasó a Lipton), con un grupo de fábrica, made in Tipoití, y con fichajes de la Liga local, se dio el gustazo. Un 21 de julio tuvo su bautismo en Caballito (0-3 contra Ferro) en una campaña que fue modestísima -tres triunfos en 18 partidos y 8° en un grupo de 9, apenas por encima de Godoy Cruz- aunque se destacaron el 1-1 frente a Racing y el 2-2 ante San Lorenzo, que sería finalmente el campeón.
Este asunto acerca del espíritu del jugador comenzó a tomar otro carácter a partir del año próximo. El estatuto de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA) y el Convenio Colectivo de Trabajo del 16 de septiembre de 1975 establecían que las condiciones de inscripción y habilitación de los futbolistas se regían por lo dispuesto en los reglamentos de la AFA. Al homologar el convenio ante el Ministerio de Trabajo, cualquier norma reglamentaria preexistente de la AFA (como el límite de tres extranjeros fijado en los 60) quedaba automáticamente protegida bajo el marco del derecho laboral.
El golpe de gracia recién llegó 12 años más tarde. La reestructuración del fútbol argentino dio paso a una nueva categoría por debajo de la Primera División y buena parte de sus participantes debían radicar fuera de la Gran Capital. Los misioneros de Guaraní Antonio Franco aletargaron la ilusión de Mandiyú en el Torneo del Interior clasificatorio. El Albo, entre abril y mayo de 1986, se las tuvo que ver con clubes como Mburucuyá, Rivadavia, Libertad, Villa Raquel, San Benito, Sportivo Corrientes y, por último, el candidatazo y campeón del Apertura local, Boca Unidos.
Por decisión de AFA, la Liga entregaría un cupo y ese lugar fue para el Algodonero, que se quedó con las dos finales (ambas 2-1) y se llevó invicto (12-2-0) el boletazo al Nacional B, como se llamaba hace 40 años a la actual Primera Nacional. Ya nada sería igual para la provincia. Ya nada sería igual para Seferian.
Un profesionalismo a base de mate y tereré
La reunión pautada a contrarreloj entre Juan Manuel Guerra y don Eduardo fue un éxito. Y eso que apenas se conocían. Fueron dirigentes del Deportivo Armenio quienes se lo recomendaron al compatriota. A partir de ese momento, el empresario comprendió de qué se trataba la nueva etapa institucional: un micro reemplazó al camión, el plantel vistió de adidas, y un cuerpo médico acompañó a los entrenadores. Hasta llegaron las luces con Cablex, sponsor principal de la camiseta, y empresa de medios que tenía los derechos de TV de los partidos de local y de visitante. Hasta llegó la música con esa orquesta de vientos que, con atriles y todo, copaba la escena desde el tablón. En otro plano, la Virgen de Itatí también acompañaba la metamorfosis del club del algodón.
“Hubo que armar todo de cero. Desde el equipo hasta la utilería. El primer año tuve que arreglarme con lo que pude. Varios muchachos eran operarios de la fábrica. Incluso tuve que pedir que les respetaran el sueldo y los dejen dedicarse exclusivamente a la pelota. Todo bastante amateur…”, blanqueó el Viejo tiempo después.
A menos de dos meses de la definición más importante en la vida de Mandiyú y a 35 días de asumir su cargo, el veterano técnico sacó a la cancha en el NB un XI inicial con una pista clara acerca de lo que vendría: en ese 1-1 en Resistencia por la fecha 1 contra Chaco For Ever, los correntinos presentaron a cinco uruguayos, la mitad de sus jugadores de campo. Domingo Cáceres -el primero en llegar-, su hermano José Luis, Daniel Martínez Tapi, Víctor Púa y Julio Ribas hicieron historia. Ese equipo, “picapiedra” como decía el Viejo, terminó séptimo y fue eliminado por Huracán en el Reducido. Se veía venir. La onda era mate y tereré desde el comienzo.
El Equipo de los Uruguayos, tal como se los conocía con poca originalidad, tuvo un refuerzo de lujo en la gloriosa temporada 1987/88 con la llegada de Adolfino Cañete, uno de los paraguayos más finos y mejor dotados que pasó por estas tierras. El 21 de mayo de 1988, con un friccionado 0-0 en Guido y Sarmiento, la vieja cancha de Quilmes, el Albo igualó con su escolta Cervecero y -a falta de una jornada- se aseguró el inédito título del Nacional B y más inédito ascenso a Primera (y la clasificación a la liguilla Pre-Libertadores, donde fueron eliminados por Newell’s).
El equipo correntino igualó con Quilmes (0-0) en la vieja cancha del Cervecero y subió a la A.
En aquella tarde, que tuvo el aliento de 3000 correntinos en el Sur del GBA, participaron -además de Fino- Pedro Barrios, Domingo Cáceres, Elio Rodríguez, Daniel Martínez, Daniel Oddine (goleador top), Daniel Rodríguez y, sobre la hora, Servando Marrero. En ese plantelazo, que contaba con José Basualdo y Horacio Attadía como ‘refuerzos argentinos’, los sueldos eran iguales para todos -1500 australes por pera- y los premios también -600 por cada triunfo fuera de casa, 500 de visita, y 100 extra si mantenían la punta-. ¿Más? Casa y comida paga, y con sueldos que se cobraban por adelantado el último día de cada mes. Ya era otra institución, con casi 5000 socios y una serie de inversiones impensadas para el austero Seferian. Su estrategia de incorporaciones sería clave y distintiva.
Olé y su Mesa de Notables para charlar sobre la cabeza de Seferian
Hablar de un scouting a mediados de la década de los 80 sería casi una irrespetuosidad. Todo era mucho más artesanal. Claro que existían los representantes y los intermediarios que acercaban jugadores. Pero nadie pensaba en DVD, en VHS -tal vez alguno que otro perdido por ahí- o en breves compactos con skills en Youtube.
Las cosas eran más directas en pleno mercado de pases: un nombre sonaba por ahí, los miembros de la Subcomisión de Fútbol se subían a un auto, a un barco o a un avión, y se colaban un fin de semana por distintas tribunas para ver si el apellido recomendado valía tanto la pena. En el caso de Mandiyú, el asunto resultaba todavía más llano por la conducción vertical de un Seferian que tenía un puñado de manos derechas pero que, a la larga, definía a gusto.
Había dos grandes circunstancias que primaban a la hora de una transferencia: el mapa y la guita. Salvo excepciones -que fueron decayendo a medida que el proyecto deportivo resultaba auspicioso-, a los jugadores ‘de nombre’ les resultaba incómoda y tediosa la distancia que los separaba de la gran vidriera capitalina y a los dirigentes -bah, a don Eduardo- le resultaba incómodo y tedioso tener que escuchar valores que triplicaban o cuadriplicaban lo que los correntinos podían llegar a pagar. Así y todo, se las arregló para conformar planteles competitivos a su manera. El Noreste argento prefería crecer con extranjeros: porteños abstenerse. Olé convocó a una ‘Mesa de Notables’ para recordar sus modos demodé y reconstruir los tiempos de un equipo que le cambió la cara al fútbol de la región.
* Como correntino, Walter Disanti estuvo en Quilmes como hincha la tarde del histórico ascenso a Primera. La vida lo llevó hacia el periodismo y hoy por hoy, además, se encarga de la comunicación institucional en el Ministerio de Hacienda y Finanzas local: “Seferian nos llevó a lo máximo. Hacía todo él. Negociaba directamente. Traía uruguayos porque jugaban en Primera y, al precio de cuatro, venía un solo argentino y sin mucha trayectoria. Y no llegaba cualquier cosa, eh: traían a jugadores de Nacional, de Peñarol, a tipos que habían ganado la Intercontinental o que jugaron Mundiales…”.
*Pipo Romero Villaboa es, posiblemente, la persona sobre la faz de la tierra que más conozca las entrañas de Mandiyú. Un poquito historiador, un poquito estadístico, comparte su pasión por el club desde las redes sociales y no duda en difundir su conocimiento. “Durante sus tiempos en el fútbol de AFA, desde el primer Nacional B hasta su desaparición, se pusieron la camiseta blanca con vivos verdes 36 uruguayos -más dos directores técnicos-, 13 paraguayos, un boliviano y un venezolano. En menos de diez años fuimos Mercosur a full”, bromeó el dueño del máximo archivo Algodonero.
* Desde las páginas de Diario Epoca, Mariano Blanco ha escrito largo y tendido del Algodonero de ayer y hoy. Mucha tinta dejó firmada sobre el equipo del armenio. “ Era un buen dirigente, elogiado por Julio Grondona, incluso cuando quiso instalar la idea de las sociedades anónimas en el fútbol. No tenía devoción por los extranjeros, me lo dijo él. Tenía devoción por lo barato. Y se juntaba con técnicos, como Juan Manuel Guerra, con el perfil de buscadores en una bolsa de jugadores económicos. Los laderos de Seferian también eran empresarios. Y Eduardo probaba. Era director de orquesta. Llegaban de a 15 refuerzos por temporada. La mitad eran buenos; la otra mitad, paquetes…”, recordó el comunicador todoterreno correntino.
Y agregó Blanco al perfil del pope de Mandiyú: “Estaba radicado en Buenos Aires, donde hacía todos los negocios, pero se sentía correntino. Tenía un buen pasar. Iba y venía a Punta del Este y los fines de semana viajaba a ver a Mandiyú, aunque se perdió el ascenso por un compromiso empresarial. Organizaba torneos de golf pero el club fue su caballito de batalla. Viajaba por Austral, por Aerolíneas. Se notaba la diferencia entre un tipo de poder y un tipo de plata. Siempre estuvo negado al deporte superprofesional hasta ese día que el Viejo le marcó las pautas. Ojo, tampoco era Florentino Pérez, eh”.
* Su pie derecho tenía un potente cañón. Su cabezazo era misilístico. Pero su garganta fue todavía más poderosa. El charrúa Pedro Daniel Barrios Delgado llegó a Corrientes en 1987 y recién dejó la Mesopotamia seis años más tarde para seguirla en Huracán. Lo suyo con Mandiyú -incluso- llegó a ser familiar. “Cuando nadie quería ir a jugar a Chaco o a Corrientes, el fallecido Angel Espiño, un empresario amigo de Seferian, empezó a convencer a jugadores uruguayos y paraguayos para sumarse. No había millones pero sí seguridad de cobro. Y era Eduardo quien terminaba de cerrar las transacciones…”, recordó el jugador con mayor cantidad de presencias en la nueva vida del club.
“Se trataba de un club de barrio. Había jugadores de selección que se cambiaban en un vestuario de fábrica enorme con cientos de lockers junto con los obreros. Y de ahí, todos arriba del mionca”, acotó. “Lo de Eduardo fue atípico por donde lo mires. Armar equipos era su hobby y jamás nos debió un peso. Sólo firmábamos el contrato que se mandaba a la AFA. El resto se arreglaba todo de palabra. Además tenía un gran acercamiento. ¿Sabías que fue padrino de Bautismo de mi hija Fiorella? Con dos años y medio le descubrieron diabetes y junto con su pareja tomó la bandera y nos ayudó… Eso era Eduardo”, reafirmó quien desde hace 12 años es Director de Infraestructura Deportiva de la Intendencia de Maldonado, a pasitos de Punta del Este y quien todavía con 65 primaveras en el documento sigue dándole al vicio del fútbol “cuando las rodillas me lo permiten”.
Cuando la matrix se rompió en pedazos
Fueron siete temporadas muy intensas en Primera con la chapa del primer equipo del Interior en haber ascendido en cancha a la máxima categoría. Supo subirse al podio en el Clausura 91 gracias a su tercer puesto, apenas por detrás del campeón Boca y San Lorenzo. Y, cómo olvidarlo, recibió a Diego Maradona como coach en octubre del 94 mientras Pelusa cumplía con la suspensión por doping de USA 94. Con las piernas todavía cortadas, fue su primera experiencia como DT -sin título habilitante-.
Apertura 1994. Mandiyú 0 – Racing 0 (Expediente Fútbol)
Sin embargo, antes de la irreparable caída institucional del club, también se lo recuerda por tirar demasiado del elástico. La matrix se rompió cuando, tres veces en la vieja “A” y a través de diferentes entrenadores, Mandiyú decidió olvidarse notoriamente de la industria nacional para entrar a la cancha con pasaporte, y así levantar polvareda deportiva y -principalmente- gremial.
“Nos fijamos en la conveniencia de contratar a uruguayos y a paraguayos porque son más baratos y accesibles. A igualdad de calidad, elegimos lo económico”, solía repetir Seferian. El asunto llegó al límite cuando el 22 de diciembre de 1991, Oscar López decidió en un 3-1 ante Rosario Central, incluir a los 11′ ST al uruguayo César Vega en lugar del sanjuanino Juan Antonio Yanzón: en ese momento, el XI de los correntinos quedaba integrado por cinco charrúas, cinco paraguayos y un argentino (el tucumano Juan Carlos Juárez). Ah, y la planilla de juego fue firmada por los 11 foráneos que participaron del triunfo. ¿El equipo? Leonel Rocco (U); JC Juárez (A), Pedro Barrios (U), Luis Neri Caballero (P), Roberto Lugo (P); Ricardo Perdomo (U), Elio Rodríguez (U), Guido Alvarenga (P); Alfredeo Mendoza (P), Félix Torres (P), JA Yanzón (A). Luego, además de Vega (U) por Yanzón, ingresó Mario Orta (U) por Rodríguez.
Hubo incluso dos momentos similares. El 6 de septiembre de 1992, el oriental Nelson Chabay utilizó a una decena de extranjeros en simultáneo en el 1-1 frente a Argentinos Juniors (cuatro uruguayos y seis paraguayos) mientras que, el 21 de marzo de 1993, el histórico bombero correntino Waldino Casco llegó a incluir a cinco charrúas y a cinco guaraníes en un 1-1 frente a Rosario Central. Meses después, ese particular libre mercado de piernas sufrió la extrema unción…
Al poder de los clubes grandes, cada vez más, dejó de resultarle simpática la competencia que le daba el pintoresco Mandiyú. Por su parte, pueden verse aún en Youtube viejos videos de referentes de Futbolistas Argentinos Agremiados que pusieron el grito en el cielo en pos de la protección de las fuentes de trabajo de los futbolistas locales frente a la pierna de obra extranjera.
Carlos Della Savia opinaba, por caso, que los clubes podían inscribir hasta cinco jugadores en sus listados y tres en cancha mientras la AFA proponía “seis y cuatro”, diferencia que fue foco de conflicto. En línea, Carlos Pandolfi, otro de los popes sindicalistas, ironizaba con que los correntinos, que en 1992 habían contratado a 13 extranjeros, “se podían dar el lujo” de formar con 11 jugadores de otros países e incluir a los otros dos en el banco de suplentes. “No lo podemos permitir”, afirmaba.
El pacto se ejecutaría durante 1994 e instituciones como el propio Algodonero y Argentinos, plagadas de profesionales llegados desde el exterior, tendrían -como favor- unos meses extra para poder hacer una buena depuración de sus planteles y ‘nacionalizarlos’. Con el tiempo, igualmente, los reglamentos se fueron endureciendo por un lado y flexibilizando por otro -hecha la ley, hecha la trampa– al punto que los clubes hoy pueden registrar hasta un máximo de seis contratos extranjeros aunque solo cinco players pueden integrar la nómina en un juego.
Los billetes pudrieron el algodón (y a sus dueños)
Los reportes necrológicos confirman que Eduardo Seferián falleció en Buenos Aires, el 19 de febrero de 2015, a los 88 años. Sin embargo, Mandiyú estaba de duelo desde mucho tiempo antes.
“Después de la venta de Pepe Basualdo al Stuttgart, la plata ‘no llegó entera’ a Corrientes y eso enojó a Seferian…”, le recuerda Blanco a Olé sobre el principio del fin. Cuando Diego llegó a la provincia, por caso, algunas temporadas después, la institución ya no estaba tan arraigada a la fábrica. De hecho, los aportes económicos eran personales y no desde Tipoití.
“El tipo amaba al club pero cuando vio que todos ganaban pero nadie aportaba, dijo chau”, justificó Romero en diálogo con este diario. “Por problemas de salud empezó a alejarse y, encima, coincidió con el interés de Ricardo Cruz, que se quedó con la conducción”, se sumó un Disanti que recordó al ex diputado menemista que, por dos millones de dólares, adquirió la banda presidencial de la institución aunque acabó pegado en la crisis y en el descenso al abismo.
El propio Barrios lo contó desde adentro. “Yo me fui a Huracán porque, a mediados de 1993, Seferian me dijo que iba a dejar todo, porque ya estaba un poco agotado. El gobierno de Corrientes no lo ayudaba y, entonces, como que se saturó un poco, más allá de ya ser una persona grande. Me fui de Mandiyú por eso, si no me hubiera quedado a vivir ahí. Y eso también le pasó a la mayoría de mis compañeros”, tiró Pedro.
El domingo 18 de junio de 1995, tras no romper un 0-0 frente a Deportivo Español y a pesar de tener en el arco a Sergio Goycochea, figura de la Selección Argentina un lustro atrás en el Italia 90, Mandiyú se cayó de Primera. El crac era total, al punto que no se entregó la información del dinero recaudado. ¿El motivo? Pesaban tres embargos sobre el club: uno de Pedro Alexis González, primer DT de la era Cruz (casualmente, recomendado por Seferian a San Lorenzo cuando era un juvenil); otro de la Liga Correntina, cuya falta de pago terminó en desafiliación; y otro de Dante Fernández, ex delantero a quien se le debía un porcentaje de su pase.
Ocho días más tarde, en Vicente López, jugó su último partido en Primera: dirigido por Osvaldo Chiche Sosa perdió 4-2 contra Platense y Marcelo Caviglia gritó, con una mueca, el que sería el último gol del Albo en el fútbol grande de la AFA. El dato de color, sin embargo, fue que tanto titulares como suplentes fueron argentinos.
La plaza que Mandiyú dejó vacante en el Ascenso la tomó Huracán, que ascendió un año más tarde aunque ya con otra filosofía. “Humberto Zuccarelli se incorporó como técnico y trajo, por conocimiento, a varios ex Estudiantes. Algunos jugadores se quedaron, como Sergio Umpiérrez y Julio Marinilli. Después sí, había uruguayos como Luis Sosa, pero que ya eran del ámbito local. O Josemir Lujambio y Oscar Alsina, que vinieron y la pegaron. Una política bastante lejana a aquella de traer extranjeros baratos como una fórmula infalible”, cerró Romero.
El Azulgrana apenas logró mantenerse un año en Primera. La temporada 1996-97 fue la última que tuvo a un elenco correntino en la División Top. El Algodonero, en tanto, era puro capullo. Y con una interna, con un dramón intrínseco: ¿cómo los encontraría, por caso, el 2026, casi 30 años después? ¿Unidos o dominados?
El nuevo Mandiyú que arrancó de cero y va por todo
El Mandiyú que ya conocía todo el país no existía más. Al menos en las canchas: en la memoria colectiva se mantenía presente. Allá por 1998, viejos dirigentes y muchos hinchas quisieron reflotarlo a modo de homenaje, pero había perdido hasta el nombre. Por eso, de arranque, crearon el Deportivo Textil al que luego consiguió agregársele el Mandiyú como señal de recuperación de identidad. Al mismo tiempo, en 2009 un grupo de personas comenzaron con las tareas para adquirir los derechos del viejo club a través de una Comisión Normalizadora, los cuales obtuvieron en 2011. Y así arrancó en la B correntina como sapucay de otro pozo. En 2013, incluso, por esas cosas de la vida, Textil Mandiyú y Deportivo Mandiyú se cruzaron por Copa Argentina. Pero en 2016, ya con nuevas autoridades, se fusionaron para tirar todos hacia el mismo lado y empezar con el intento de proeza.
El Algodonero hoy juega sus boletos ‘nacionales’ en el torneo Regional Amateur, que otorga cuatro cupos al Federal A. Para volver a Primera queda un trecho que hoy parece imposible. José María Beigbeder, su actual presidente, igualmente, no parece darse por vencido. Aunque con otras formas, claro. Todos saben que Eduardo Seferian hubo uno solo. “Mi relación con Mandiyú empieza cuando yo tenía 8, 9 años. Mi viejo jugaba al golf y Tipotí era dueño de esas tierras. Tenía entonces cierta cercanía para ver los partidos. Ahora, que soy presidente e hincha, primero quiero sí o sí poder lograr el ascenso para competir en un escalón que le dé al club una visibilidad que ahora, salvo contadas situaciones, no tiene. El Regional, si bien competimos contra equipos de otras provincias, es un torneo corto. Entonces la idea es apuntar todos los cañones para poder dar ese salto al Federal en el corto plazo”, le cuenta a Olé el encargado de una empresa familiar de segunda generación distribuidora de productos alimenticios.
La mano no viene sencilla. “Se viene haciendo un trabajo de fondo, algo que por ahí nunca se hizo. Siempre estuvo en la cabeza de Seferian poder generar una Sociedad Anónima Deportiva para seguir gestionando a Mandiyú. En el momento que Grondona no le dio lugar a eso, creo que ahí se cayó el club, se cayó el proyecto. Ahí tal vez está mi principal diferencia con Eduardo. A mi criterio, no previó la chance de hacer un club social. En ese momento, hacerse socio de Mandiyú no te acreditaba nada. Era como una cofradía. Hoy nosotros tenemos un estatuto donde vos sos socio de Mandiyú y podés votar, podés ser parte del club. Estamos en unos 1000. También nos encontramos trabajando en el predio de seis hectáreas que nos entregaron en el barrio Santa Catalina. Tenemos listas tres canchas, se está gestionando una más, y después venimos armando la sede social con gimnasio, sala médica y vestuarios. Allí pretendemos construir el primer estadio en la historia del club con una capacidad de 5000 personas”, anticipó Beigbeder.
De entrada, los escollos en la zona 5 de la Región Litoral Norte para el plantel de la dupla Nicolás Ferreira y Hernán Coronel son el mentado Huracán de la capital correntina, su par de Goya y Unión de Bella Vista, al que derrotó 2-0 este domingo en una victoria que le permitió a Mandiyú clasificarse a la segunda ronda: el primer gran objetivo. Y con lo que hay, obvio.
“ A diferencia del viejo Mandiyú, jugadores extranjeros no tenemos, son todos de acá de Argentina. El año pasado hemos tenido un chico que vino de Paraguay porque el técnico que nos dirigía en ese momento, el Bocha Ponce, lo había tenido allá. Pero la verdad, yo creo que si nosotros llegamos a avanzar y estar en una instancia de torneo con una continuidad de 6 o 7 meses, a lo mejor ahí sí podés hacer ahí podés llegar a hacer un scouting en el exterior y traerte algunos valores. Igualmente, nosotros tenemos ahora un proyecto de Inferiores que ojalá dentro de unos diez años nos dé frutos como para colocar chicos…”, se envalentonó el pope de 48 años que piensa ir por otro mandato de cuatro años. Su cabeza pensante, libre de cupos para extranjeros y recuerdos teñidos de sepia, ya asoma por encima de un camión. No pretende cambiar las reglas: sueña con cambiar la suerte…
El listado de todos los extranjeros de Mandiyú desde su aterrizaje en el Mundo AFA
Uruguayos: Alvez, Fernando; Alzamendi, Antonio; Barrios, Daniel; Beninca, Rubén Darío; Cabrera, Wilmar; Cáceres, Domingo; Cáceres, José Luis; Castro, Ramón; De Souza, Julio; Díaz, Gustavo; Djellatian, Murad; Fossati, Jorge; García, José; Gori, Edinson; Herrera, Héctor; Kanapkis, Fernando; Martínez, Daniel; Marrero, Aníbal; Mesone, Miguel; Morán, Héctor; Oddine, Sergio Daniel; Orta, Mario; Perdomo, Ricardo; Plada, Noel; Núñez, Wilson; Púa, Víctor; Ribas, Julio; Rocco, Leonel; Rodríguez, Daniel; Rodríguez, Elio; Rodríguez, Héctor; Saravia, Enrique; Umpiérrez, Sergio; Vega, César; Viera, Ricardo; Zeoli, Adolfo. DT: Chabay, Nelson; Keosseian, Manuel.
Paraguayos: Alvarenga, Guido; Benítez, Arsenio; Caballero, Luis Neri; Cañete, Adolfino; Espíndola, Sergio (formoseño naturalizado); Franco, Julio; Guirland, Carlos; León, Félix; Lugo, Roberto; Mendoza, Alfredo; Ramírez, Mario; Torres, Félix; Yedros, Julio César.
Bolivia: Cristaldo, Luis (formoseño naturalizado)

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