En épocas de cataclismo institucional, en que a cada rato aparece un nuevo embargo, cae otro vencimiento y las chances de competir por objetivos deportivos enflaquecen, San Lorenzo dio ayer por iniciado un nuevo ciclo: tras echar a Pipo Gorosito, trajo de regreso a Ruben Darío Insua.
El sábado, la gente les cantó a los jugadores, con nostalgia, que quieren “Camboyanos” y “Matadores”. El hincha no es tonto y sabe que difícilmente se le pueda pedir al plantel actual que juegue como aquel histórico equipo de Veira, Rendo, Tojo, Telch, Albrecht…
Pero no se resigna a que no se pueda repetir la épica de aquel esforzado equipo de fines de los 80 ( Lucho Malvárez, Sergio Marchi, Giunta…) que también se preparaba bajo penosas condiciones y daba en la cancha el 150% de sus posibilidades, consiguiendo resultados impensados.
Uno de los integrantes de aquel plantel era justamente Fabián García, principal ayudante de Insua. Y el Gallego Insua, hombre criado en el club que vivió gloria y drama de su historia, en sus últimos tiempos como entrenador hizo un doctorado en sacar agua de las piedras.
En su segundo paso por el Ciclón armó un equipo rocoso, incómodo, austero, aguerrido, con escasas fantasías ofensivas pero al que era difícil entrarle. Tuvo campañas meritorias y lo dejó en Copa Libertadores. Su moderado discurso ahora no excluyó objetivos asequibles, como entrar en playoffs del Clausura.
Dos años en Barracas Central acentuaron el perfil: con un plantel muy limitado, llegó a una Sudamericana y dos veces a playoffs locales.
Eso sí, sabrá que ahora es difícil que, como le pasó con el equipo del Chiqui, cada vez que le hagan un gol estará el VAR desde Ezeiza buscando el pelo en la leche para llamar al referí y anularlo. Y él mismo no será creíble si se queja de un arbitraje después de estar dos años defendiéndolos.













