Cuando la Yugoslavia que había construido el mariscal Tito empezaba a mostrar las grietas que terminarían en su desintegración, nacía Luka Modrić, en Zadar. Fue el 9 de septiembre de 1985. En esos tiempos, la Quinta del Buitre ganaba cinco títulos de Liga al hilo y el Real Madrid miraba a todos por encima del hombro. Ese mismo año, Paolo Rossi llegaba al Milan, donde ya estaban Franco Baresi y Mauro Tassotti, entre otros próceres rossoneri.
El joven Luka miraba a serbios, bosnios, croatas, eslovenos y montenegrinos defender la camiseta de esa Yugoslavia que pocos años después estallaría. Haría historia ese Luka bajito, de físico enjuto y cabellera rubia lacia que se agitaba al viento, con su tranco siempre acertado y su freno siempre a tiempo. Estallaron los Balcanes y la familia de Modrić debió emigrar. Su abuelo fue ejecutado. La familia se salvó de la barbarie y, al tiempo, volvió a Zadar. Ahí empezó la historia que ayer tuvo su último capítulo en la Selección de esa Croacia que Luka vio nacer. Una selección que nació casi a la fuerza.
“No llores porque se terminó, sonríe porque sucedió”, dijo Modrić en su despedida del Real Madrid, en 2025, después de 13 años, cuatro Ligas, seis Champions League, cinco Mundiales de Clubes y su huella estampada en las cercanías de la Castellana. Dolió, aun para aquellos lejanos a España y al Madrid, pero amantes del fútbol, verlo despedirse del equipo donde marcó una época con Casemiro y Kroos a su lado, con Cristiano adelante, con Sergio Ramos en el fondo y con Iker Casillas en el arco.
Cuenta la leyenda que cuando Luka entraba al vestuario de Valdebebas o al del Bernabéu se producía un silencio de catedral. Era respeto. Había entrado un crack, pero también un caballero. Ese mismo que anoche, en Toronto, jugó su último partido mundialista con Croacia después de participar en cinco ediciones. Dicen las malas lenguas que en la NASA aún investigan si alguna vez dio un pase equivocado.
Con Croacia tuvo partidos memorables, incluso aquellos contra Argentina, selección a la que le marcó un gol. El pequeño Luka, flacucho, de físico frágil, arrancó profesionalmente cedido en el Zrinjski Mostar de Bosnia-Herzegovina, en un territorio que todavía convivía con las heridas de la guerra. Fue un año hasta que volvió a Zagreb y se consolidó en el Dinamo, que en 2008 lo vendió al Tottenham.
Ahí, en el norte de Londres, empezó a escribir su historia de leyenda hasta que en 2012 fue comprado por el Real Madrid. Al principio, los aficionados lo miraban de costado. Modrić los conquistó con un puñado de partidos y estiró su campaña hasta convertirse en el futbolista con más títulos en la historia del club blanco: 28. En el medio ganó un Balón de Oro, en plena era del dominio compartido entre Messi y Ronaldo. También levantó un premio The Best.
Pero, como dice la canción, todo concluye al fin, todo tiene un final. Y de Madrid emigró en la última temporada al devaluado Calcio para jugar en el Milan, un equipo sin posibilidades reales de pelear . Le alcanzó para prepararse para este Mundial. Y también para este Last Dance frente a Portugal, eliminado justamente por la selección de CR7.
Adiós, Luka, a la Selección de Croacia. Adiós a los Mundiales. Bienvenido al reino de los intocables. El de las leyendas. El de los cracks sin tiempo.
Gracias por todo ese fútbol.