La historia de la esgrimista que quedó afuera de los Suramericanos por un margen insólito, pero se metió en los Juegos de Santa Fe 2026 de otra manera

La historia de la esgrimista que quedó afuera de los Suramericanos por un margen insólito, pero se metió en los Juegos de Santa Fe 2026 de otra manera

Cuando el equipo argentino femenino de sable tocó el cielo con las manos al quedarse con la medalla de oro ante Brasil en los Juegos Suramericanos, el Club Atlético Provincial de Rosario estalló en un grito unánime. En medio de los festejos, Caterina Correa miraba la escena, con los ojos empañados, a centímetros de distancia. A sus 21 años, estaba en el lugar donde deseaba estar, pero del lado que hacía que ese sueño no fuera completo. No llevaba el uniforme de competencia ni el arma blanca en la mano; llevaba la indumentaria de voluntaria de la competición.

Caterina también es esgrimista, pero apenas 4,8 puntos en el ranking, tras una actualización de último momento, la dejaron afuera de la lista oficial de atletas cuando todo la invitaba a creer que conformaría la delegación nacional. Sin embargo, no quiso que el golpe le impidiera perderse el show desde adentro. “No sé vivir sin la esgrima, por más que haya momentos que no esté muy conectada o desmotivada, siempre vuelvo y me enamora de nuevo“, confesó la rosarina en diálogo con Clarín, luciendo con orgullo su credencial.

La verdad que no es la primera vez que me pasa algo así, es bastante desmotivante“, revivió sobre el momento en que su plaza se esfumó tras el Panamericano de Perú en junio. “Me hizo replantearme muchas cosas. No es una noticia buena por más que haya sido todo en regla. Prepararte sabiendo que estás adentro y después que llamen y digan que no, es fuerte. Estaba en el auto, me llegó un mensaje y me desmoroné. Pero se tiene que aprender de esto, uno no puede quedarse en el ‘podría haber sido’”, analizó con entereza.

Su obsesión por la esgrima comenzó en 2011 en el club Gimnasia y Esgrima de Rosario. “Estaba en la colonia, nos presentaban varios deportes y cuando vi esgrima me enamoré. Mis papás pensaban que iba a ser cosa de un rato, pero no“, recordó. A los seis meses ya competía en provinciales y en 2012 ingresó a los nacionales de menores. El tiempo pasó y este 2026 marcó su debut en la categoría Mayores.

Para integrar el equipo nacional y asegurar su boleto a Rosario, debía mantenerse entre las cuatro mejores del país sumando unidades en los rankings. Pese a medirse solo en territorio argentino, los resultados la ilusionaron. “Al principio no pensaba en clasificar a unos Juegos, pero en la primera fecha saqué el segundo puesto, en la segunda el tercero y en la última quedé en cuartos de final. Con esos puntos estaba cuarta, adentro del equipo y clasificada. Cuando me enteré, dejé todo para enfocarme y entrenar, aunque finalmente no se pudo“, sostuvo.

En medio del torbellino emocional, un entrenador de la delegación la contactó porque faltaba personal de apoyo. Sin dudarlo, aceptó el desafío. Fue asignada como voluntaria, encargándose de revisar la indumentaria, operar las cámaras de las pistas y hacer docencia explicando las reglas a los espectadores. Lo cuenta con emoción, aunque reconoce el esfuerzo psicológico. “Ver al equipo nacional en la pista, en mi ciudad, y que yo no esté ahí pensando que en el Panamericano yo estaba, es medio triste. Pero también quiero que gane todo lo que haya. Todavía me cuesta ir a entrenar, es un proceso interno que tengo que sanar“, se sinceró.

Aquel “duelo” tuvo su pico cuando las chicas del sable se consagraron. “Cuando gritaban ‘¡Argentina!’, o los apellidos de las chicas, se me llenaban los ojos de lágrimas, ¡yo quería estar ahí y que griten mi nombre! Fue una locura total. Me alegré demasiado por ellas, les tenía confianza porque son muy buenas“, relata Caterina, quien el año pasado compartió delegación en los Panamericanos Junior con Catalina Borrelli (oro junto a Belén Pérez Maurice, Alicia Perroni y Candela Espinosa) y cultivó relación con Victoria Eglez y Margarita Musci (bronce en espada por equipos).

Basta con repasar el sacrificio fuera de competencia para dimensionar el dolor de la no convocatoria. Caterina estudia Diseño Industrial y hace malabares con el reloj. “Entreno físico a la mañana tres veces por semana y esgrima de cuatro a cinco veces. Hago doble turno y adapto los horarios con mi entrenador para poder ir a la facu. Es complicado, porque a esta altura es adaptar la vida al deporte”, explica.

Todo impulsado por un gran esfuerzo familiar: “En lo económico, es todo a pulmón. Mis papás siempre me apoyaron, pagan los torneos nacionales e internacionales. Tuve una beca este año por un bronce sudamericano junior, pero si no se renueva, tendré que buscar opciones. Estoy en una búsqueda activa de sponsors vía redes sociales”.

Y pese a las cicatrices, haber caminado con la remera de voluntaria terminó siendo una terapia sanadora. “Fue una manera distinta de transitar la situación y la verdad que no me arrepiento”. Con la mira puesta en el Campeonato Nacional de noviembre para volver a sumar puntos de cara al próximo Sudamericano, se despide con una promesa: “Mi objetivo son los próximos Juegos, pero como atleta“.



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