Necesitaba el circuito femenino un golpe de efecto y Flushing Meadows se prestó como el escenario ideal. Porque el número 1 del mundo estuvo en juego en el último Grand Slam del año entre cuatro postulantes. Y si bien quien tomará el testimonio de Aryna Sabalenka será la kazaja Elena Rybakina, una jugadora que está muy lejos de tener el carisma de la bielorrusa, algo es algo. Al menos eso habrá pensado Valerie Camillo, la presidenta de la WTAu0010que el 17 de noviembre del año pasado reemplazó al histórico Steve Simon y hoy no puede dormir de los nervios. Es que el circuito corre el riesgo de quedarse sin dinero en 2027 si continúa el ritmo actual de sus pérdidas.
Durante las múltiples reuniones celebradas en Nueva York en las últimas dos semanas, la asociación que nuclea a las tenistas presentó cifras que muestran que prevé terminar el año con apenas 15 millones de dólares en efectivo. Se trata de un vuelto para una gira que mueve números con varios ceros más.
Se estima que sus pérdidas operativas en 2026 serán de 23 millones de dólares y por eso, si esa tendencia continúa sus cuentas entrarían en rojo para la segunda mitad del año próximo.
Aunque Camillo causó una excelente impresión en sus primeros meses al frente de la organización, lo cierto es que heredó una WTA que necesita una reestructuración radical. Y, sobre todo, reducir los gastos en los próximos 12 meses.
Una parte vital del déficit de efectivo de 2026 será una consecuencia de la rescisión anticipada del acuerdo de tres años que tenía la WTA para organizar su Masters en Riad.
Se entiende que Camillo -con experiencia en cargos ejecutivos de franquicias de la MLB (Washington National), la NHL (Philadelphia Flyers) y la NBA (varios equipos)-considera al mercado estadounidense como la clave para revertir el declive financiero de la entidad que dirige. Pero si bien el traslado del Masters de Arabia Saudita a California -se jugará en Indian Wells- resolverá las preocupaciones relacionadas con los derechos humanos (y seguramente atraerá a un público mucho más numeroso), el torneo tendrá que ser financiado en gran medida por la propia WTA.
Otro desafío será el cierre de los ingresos provenientes de CVC, el fondo de inversión que maneja 212.000 millones de euros en activos, una suma que equivale a un tercio del PBI argentino. En una polémica decisión, hace tres años la WTA le vendió el 20 por ciento de sus operaciones comerciales a CVC -que contó con participaciones en la Fórmula 1 y en el Torneo Seis Naciones de rugby- por 150 millones de dólares distribuidos en cinco años. Pero 2027 será el último año en el que la WTA recibirá esos 30 millones anuales. Y, aunque el dinero de CVC le permitió mantener su solvencia, no le dio una estabilidad duradera.
Pasaron 53 años desde que Billie Jean King y otras ocho jugadoras encabezaron el movimiento que permitió la creación de la WTA y el mercado sigue valorando mucho más el circuito masculino. Apenas los cuatro Grand Slams son la excepción ya que les pagan lo mismo a hombres y mujeres. Pero otros torneos combinados como Miami y Madrid, por ejemplo, sostienen que el producto de la ATP tiene un valor más alto y, por eso, les pagan a las jugadoras apenas alrededor del 40 por ciento de lo que reciben sus colegas hombres.
En 2023 el diario inglés The Telegraph había revelado que la WTA destinaba 25 millones de libras (casi 34 millones de dólares) de sus propios fondos para compensar esa diferencia. Esa situación no cambió significativamente en los últimos tres años aunque podría llegar un momento en el que las necesidades financieras hagan imposible mantener esa fuerte inversión en los premios.
Una posible solución a los problemas actuales de la WTA sería vender otra parte de sus operaciones comerciales a capitales privados, pero cualquier posible inversor podría mostrarse escéptico respecto del rendimiento que obtendría de su inversión. En el caso de CVC se creía que la firma estuvo muy interesada en la propuesta de la fusión comercial entre la ATP y la WTA pero el proyecto se estancó sobre todo por la gran diferencia en la situación financiera entre ambos circuitos.
Durante mucho tiempo el tenis fue considerado un bastión del deporte femenino, un ejemplo al que otras disciplinas podían aspirar. Eso fue así hasta este presente preocupante.
En 1986, Martina Navratilova se convirtió en la primera tenista en superar los 10 millones de dólares en ganancias a lo largo de su carrera y en 2007 todos los Grand Slams se comprometieron a ofrecer premios iguales para hombres y mujeres. Pero en 2024, por ejemplo, Alex de Minaur y Katie Boulter ganaron sendos torneos de categoría 500 con apenas una semana de diferencia y mientras el australiano se llevó 415.125 dólares de Acapulco, la británica embolsó 142 mil dólares en San Diego. De Minaur obtuvo tres veces más.
Es difícil creer que semejante diferencia se haya mantenido durante más de 50 años cuando el tenis creció en visibilidad y popularidad a nivel mundial.
No hay duda de que varias figuras del tenis de la WTA son comercialmente atractivas. La británica Emma Raducanu firmó un contrato con Uniqlo por más de 3.500.000 dólares anuales; la japonesa Naomi Osaka encendió el pebetero olímpico en los Juegos de Tokio 2020; la estadounidense Coco Gauff obtuvo 28 millones de dólares en ingresos extra deportivos (exhibiciones, contratos, garantías y demás) el año pasado; y el vestido que Nike le diseñó a la filipina Alexandra Eala en Flushing Meadows se agotó antes que la remera sin mangas que usó Carlos Alcaraz. Por eso, si las tenistas tienen tanta demanda por parte de las marcas y los patrocinadores, resulta difícil entender cómo el circuito que les proporciona buena parte de esa plataforma se encuentra en una situación financiera tan grave que obligará a una serie de decisiones impredecibles para salvar un producto fantástico y, muchas veces, más interesante que lo que los hombres pueden ofrecer.










