Olé en Cantilo: entre obreros y Juveniles, así es un día de los borrados de River :: Olé

Olé en Cantilo: entre obreros y Juveniles, así es un día de los borrados de River :: Olé


Los primeros ruidos de grúas y taladros anuncian el comienzo de la jornada en Cantilo. Son las nueve de la mañana del 30 de julio. Apenas pasaron doce horas desde la derrota de River por 1-0 frente a Gimnasia en La Plata, pero a poco más de un kilómetro del Monumental el reloj parece marcar otro tiempo. En el nuevo complejo deportivo y educativo del club, la rutina no se detiene.

Al observar el movimiento desde la esquina, el predio regala una imagen que mezcla dos mundos. De un lado, el de la construcción: polvo suspendido en el aire, camiones que entran y salen, el ruido constante de los martillos y decenas de obreros con cascos blancos identificados con el escudo de River, encargados de darle forma a la nueva Casa River, una obra que ya luce en su tramo final. Del otro, el de la rutina cotidiana del fútbol formativo. Los juveniles (pibitos que recién están comenzando) llegan de a grupos, cruzan el predio con los botines colgados del hombro y se dirigen a las canchas que bordean la avenida Intendente Cantilo para comenzar una nueva práctica. Entre ambos escenarios, los containers que hoy funcionan como oficinas provisorias sirven de punto de encuentro para los entrenadores, que conversan, intercambian ideas y ajustan los últimos detalles antes de salir al campo.

Al seguir la bicisenda que rodea el frente del predio, el camino dibuja una curva y desemboca en la calle Tambor de Tacuarí, donde se encuentra uno de los accesos alternativos al complejo. El cambio de escenario es inmediato. El ruido incesante de la avenida Cantilo queda atrás y da paso a una tranquilidad inesperada. Runners y ciclistas cumplen su rutina matutina, un grupo de adultos mayores practica golf en el Driving Norte y, de tanto en tanto, el silencio se quiebra con las detonaciones que llegan desde los polígonos del Tiro Federal.

El predio Cantilo, en obras.

Es por el acceso de la calle Tambor de Tacuarí donde, a media mañana, se materializa el contraste que mejor refleja el presente de River. Mientras un grupo de chicos espera sentado junto al portón a que sus familias los pasen a buscar después del entrenamiento, la tranquilidad se rompe con la llegada de una caravana de vehículos de alta gama, completamente ploteados. Uno tras otro, cinco autos atraviesan el acceso lateral del predio. En su interior viajan futbolistas que hasta hace muy poco compartían el día a día del plantel profesional y que hoy, por decisión técnica y dirigencial, cumplen una rutina completamente distinta. De los vehículos descienden Germán Pezzella, Maximiliano Salas, Fabricio Bustos, Matías Viña, Santiago Lencina, Ian Subiabre y Giuliano Galoppo, siete de los jugadores apartados que desde hace días entrenan en el predio de las divisiones formativas.

El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.

Bajan vestidos de civil. La joggineta parece ser el código de vestimenta de la mañana: buzos, pantalones deportivos y zapatillas. Algunos llevan un mate en la mano mientras cruzan el predio e ingresan a los contenedores naranjas ubicados en el centro de las seis espectaculares canchas (tres de césped natural y tres de sintético) que tiene el predio.

La escena es extraña y hasta incómoda. Cada quien podrá estar de acuerdo o no con la decisión del club, pero verla de frente, sin intermediarios, genera un impacto difícil de disimular. Cuesta asimilar que Germán Pezzella, un futbolista surgido de la cantera de River, campeón del mundo con Messi en Qatar y con una carrera construida en los escenarios más importantes del fútbol, esté ingresando a cambiarse en un bloque de contenedores de chapa.

Casi todos los contenedores tienen las mismas dimensiones: seis metros de largo por tres de ancho. Son esas enormes cajas metálicas, de paredes corrugadas y estructura rígida, que suelen viajar sobre los acoplados de los camiones y que cualquiera alguna vez insultó mientras esperaba el momento justo para hacer el sobrepaso en la ruta.

El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.

Están apilados unos sobre otros como si fueran pequeños monoblocks de chapa. Algunos tienen ventanas que rompen la monotonía del metal; otros exhiben equipos de aire acondicionado que sobresalen de sus paredes exteriores. Los módulos de la planta baja fueron adaptados como vestuarios para los jugadores, mientras que los de los niveles superiores continúan funcionando como oficinas para los obreros que trabajan en la construcción del complejo.

Es una escena sin precedentes. Difícil de imaginar hasta verla en carne propia: trabajadores de la obra y futbolistas profesionales de River comparten el mismo espacio, separados apenas por una escalera y unos pocos metros de chapa. En los módulos de abajo, los jugadores se preparan para entrenar; arriba, continúa la rutina de quienes levantan el nuevo complejo del club. En uno de los balcones del piso superior, dos obreros toman mate mientras, a un volumen apenas perceptible, suena Tres Noches, la guaracha de Huguito Flores y el Super Quinteto. Una postal inesperada, casi surrealista, que acompaña una mañana que tampoco parece habitual.

Los jugadores de River, saliendo de los contenedores.Los jugadores de River, saliendo de los contenedores.

Minutos después, ya vestidos con la indumentaria de entrenamiento de River, los jugadores caminan hacia la última cancha del predio. Es una de las que tiene césped natural y está ubicada en uno de los extremos del complejo, prácticamente pegada al lugar donde el arroyo Medrano desemboca en el Río de la Plata. Ese curso de agua, que durante décadas marcó parte de la historia urbana de Buenos Aires, recorre cerca de 20 kilómetros y permanece entubado bajo tierra en casi todo su trayecto antes de volver a encontrarse con la superficie en su desembocadura.

Los containers de River en Cantilo.Los containers de River en Cantilo.

La cercanía se percibe apenas uno se acerca al límite del predio. Allí, donde termina el complejo deportivo y comienza el paisaje del río, el viento juega un papel determinante: cuando sopla hacia las canchas, arrastra un olor fuerte, mezcla de agua estancada y descomposición, que se instala en el ambiente y resulta imposible pasar por alto.

Así trabajan en Cantilo

Dos tipos en una camioneta tipo van, sin ventanillas y estacionada de culata frente a una carpa que funciona como gimnasio, comienzan a cargar los elementos necesarios para la práctica. Del interior salen bastones de slalom, conos, pelotas y los maniquíes que se utilizan como barrera en los ejercicios de tiros libres. Todo el material es trasladado durante casi 300 metros, la distancia que separa un extremo del otro del predio, hasta la última cancha. Allí, los jugadores esperan en grupo, conversan y aguardan el comienzo de un nuevo entrenamiento atípico: mientras resuelven sus situaciones personales y buscan definir su futuro en River, trabajan a contramano del plantel profesional, en el predio Cantilo que todavía se encuentra en construcción. A pocos metros, en una de las canchas linderas, el plantel profesional femenino también cumple con su rutina.

El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.

Así comienza una práctica que tiene a la pelota como protagonista casi absoluta. Durante la jornada se suceden movimientos futbolísticos, ejercicios tácticos y trabajos grupales, con los jugadores participando de una rutina que, por momentos, no difiere demasiado de la de cualquier plantel profesional. La diferencia no está dentro de la cancha, sino en todo lo que rodea al entrenamiento: el contexto, el lugar y la particular situación que atraviesa cada uno de ellos.

En el ambiente se respira un clima particular. No solo por el presente futbolístico de River, que atraviesa horas de tensión después de una nueva derrota, sino también por la situación individual de cada uno de los jugadores que forman parte de esta escena inesperada. Son futbolistas con historias, trayectorias y contratos diferentes, pero unidos por una misma realidad: entrenar al margen del plantel profesional mientras esperan resolver qué será de su futuro.

El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.El entrenamiento de los borrados de River en Cantilo.

Después de la práctica, la rutina vuelve a repetirse. Se cambian, dejan atrás la ropa de entrenamiento y recuperan la vestimenta de civil con la que habían llegado horas antes. Caminan por el mismo sendero que hicieron al ingresar, cruzan nuevamente el predio y se dirigen hacia sus autos. Pero hay un gesto que se repite casi de manera automática: mirar el celular. Una, dos, varias veces. Como si en esa pantalla pudiera aparecer la respuesta que todavía no llegó.

Esperan un mensaje, una llamada, una definición. Algo que permita ordenar un escenario que, por ahora, permanece abierto. Saber qué ocurrirá con sus carreras, cuándo podrán volver a competir con normalidad o cuándo llegará el momento de dejar atrás esta etapa en River para buscar un nuevo destino.

Mientras tanto, el predio sigue funcionando. Los obreros avanzan con la construcción de la nueva Casa River y los sonidos habituales de Cantilo se mezclan con una imagen que, hasta hace poco, parecía imposible: futbolistas profesionales, algunos con títulos internacionales y recorrido europeo, cumpliendo su rutina entre juveniles y una obra en construcción.